Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de marzo de 2012

La cuadrilla


Moisés el Tanis, Anselmo el Cuquín, José María el Secretario y Lorenzo el Tajadilla, eran una cuadrilla de las de toda la vida, asiduos de muchos años a la caza en mano. En aquel entonces no hacía falta coto para cazar. Había terreno libre en todas partes y la caza, al contrario que hoy, era abundante. Era necesario, eso sí, que alguno tuviera coche y eso, al contrario que hoy, era entonces cosa rara. Coches escasos, caza abundante. Hoy el binomio se ha invertido. El que tenga ojos que vea. Con poquito, si no es ciego.
Con el tiempo Moisés tuvo un seiscientos y Anselmo un dos caballos. Así que, domingo en uno y domingo en otro, la cuadrilla, pagando la gasolina a medias, recorría los términos libres de la provincia disfrutando de su pasión más anhelada, la caza menor. A la caída de la tarde se asaban unos chorizos en cuatro brasas y compartían las tarteras que las mujeres les habían preparado. Los más viejos hacían lotes similares con las piezas cazadas, tantos lotes como cazadores eran, y el más joven, de espaldas al grupo, iba diciendo para quien era el lote que el más viejo señalaba. Un día les tocaba una liebre o un par de perdices o un conejo y una perdiz… y así trascurrían los domingos del otoño y del invierno.
Poco a poco los términos libres fueron escaseando y la cuadrilla apenas tenía donde ir. Paulatinamente uno pudo hacerse socio del coto que se había hecho en su pueblo, libre hasta entonces; otro, del coto del pueblo de la mujer; otro siguió frecuentando sólo lo poco libre que quedaba… En definitiva, no se sabe muy bien cuando fue el último domingo que salieron, pero la cuadrilla se deshizo y jamás volvió a juntarse. Puede que cada uno hubiera conseguido un cazadero, en última instancia, pero el tiempo de compartirlo con el resto había pasado. Ya no era posible. Había desaparecido un tipo de asociación, una más, muy típica hasta entonces y, yo diría, que hasta una vieja forma de amistad.

martes, 13 de marzo de 2012

Nano para los amigos


Don Luis Fernando Alvarado y de Trempera-Tancat, Nano para los amigos, no pudo ser nunca dominado por su madre, una Trempera-Tancat del Priorat que, mermada su fortuna, hasta hubo de ponerse a trabajar, no le digo a usted más. Don Luis Fernando no se dejó tampoco amilanar por su esposa, braguetazo de sus años jóvenes y terrateniente con millones, hija de familia de ésas, de las de toda la vida. Y eso que estuvieron casados, y hasta educadamente cerca, más de veinte años. Que se dice pronto.
          -        El día que me marché, me fui con lo puesto. Hasta los colmillos de elefante le dejé. Me marché como un caballero.
          -        ¿Se dejó también su colección de armas?
      -      Sí. Sólo me llevé las más queridas: una pareja de Purdeys, otra de Grullas y un Holland & Holland 400 de cerrojo y, cómo no, el impagable Mágnum que tantas satisfacciones me dio en Kenia.
          -        Entonces, fue usted un cazador empedernido.
          -        No. En absoluto. Yo era un cazador social.
          -        ¿Social?
     -   Sí. No me confunda usted con esos escopeteros, pisaterrones y rebañalindes, que van por ahí, sin resuello, persiguiendo liebres y perdices. Yo, perdóneme la inmodestia, nunca he sido un ordinario. A nosotros nos invitaban a fincas. Luego, lógicamente, teníamos que invitar nosotros a las nuestras. El mundo funciona así. Los conocidos llaman a los conocidos, el negocio al negocio y el dinero al dinero. Pero todo con elegancia, con buenos modales y porte distinguido, y, sobre todo, sin sudores, caminatas, litigios, ni todo el resto de ordinarieces pueblerinas. La caza de verdad es otra cosa. Nosotros sabíamos estar.
          -        Pero, ¿no le apasionaba?
       -        La caza, en mi ambiente, es un modo de conocer gente adinerada. El aperitivo eran las perdices o los venados o los guarros y el plato fuerte eran los negocios, los contratos, las relaciones. Esas eran las verdaderas presas. La caza, en sí, un pretexto. El plato principal era el dinero.
          -        ¿Y no podían hacer lo mismo sin cazar?
          -        Bueno, la caza, como le he dicho, era sólo un pretexto. En realidad, nosotros no cazábamos, sólo disparábamos. He ahí la diferencia. Había siempre un pequeño ejército de ojeadores, guardas, perreros y secretarios que todo nos lo daban servido, incluso nos cargaban las armas y contabilizaban y localizaban las piezas que abatíamos. Tú simplemente disparabas. Así que esas cacerías suelen estar llenas de buenos tiradores. Prácticamente no hacen otra cosa en su vida: disparan y firman. Dos cosas que se parecen por lo decisivo e instantáneo. Y todos teníamos un buen estilo, una elegancia en ello. Algo adquirido con los años y nadie desentonaba, eso ni pensarlo, por favor.
          -        Y, ¿por qué elegían esa actividad y no otra cualquiera, un deporte, por ejemplo?
          -        Amigo, qué poco entiende usted la psicología humana. Porque la caza es un símbolo de poder. La caza es un sacrificio y, en ella, los cazadores, deciden dar la muerte a animales. Se elevan sobre el resto de los mortales. Llegan a creer que son todopoderosos. No hay otro sentimiento más potente que el de administrar la muerte, el dispensarla con el ligero movimiento de un dedo. ¿No recuerda usted a los césares? Ese sentido del poder es bueno para los negocios. Digamos que los propicia. ¿Deportes, dice usted? En los deportes se compite y unos quedan por encima de los otros. ¿Cree usted que eso es bueno para los negocios? No, no lo es. En los negocios todos han de sentirse poderosos, magnánimos con los de su rango. Lo que hoy haces por otro, mañana ese otro lo hará por ti. Ambos comulgáis administrando la muerte, el poder. Sois sus sacerdotes, compartís el sentimiento. Sois como hermanos, de la misma casta, formáis piña. Por eso la cacería se presta a los negocios. Ambas cosas, cacerías y negocios, se parecen mucho. Sólo las practican quienes pueden. Los demás miran o, como mucho, ojean o llevan las cuentas o limpian y venden las piezas por unas míseras monedas. Sí, ya sé que por detrás critican. Es lo único que pueden hacer, ¿qué importa eso? Pero, si un día se permitiera cazar seres humanos, los negocios se harían allí. No lo dude. La caza quedaría momentáneamente desbancada como un sucedáneo innecesario. De hecho, las mayores fortunas se han hecho siempre en las guerras, ¿o me engaño?
           

El azar y los parajes


El paraje de Navalzarzal era, por entonces, una mancha de monte espeso con siembras diseminadas tan al azar como las manchas blancas en la piel negra de una vaca suiza. Estaba rodeado por otros lugares, fincas bien delimitadas pero igual de irregulares, con nombres tan sugerentes como: los Navajuelos, la Nava, Corrales Nuevos, Tres Mojones, Haza la Grama…
Navalzarzal era una finca llana bordeada por barrancos. En sus tiempos de esplendor tuvo una casa con una parte noble, bien amueblada y con habitaciones decoradas primorosamente, y otra parte rural y sobria para los guardas. La finca en sí era un enclave relativamente pequeño, de 360 hectáreas, en una propiedad muy grande, de unas 15.200 hectáreas de por junto, propiedad de los descendientes del conde. La casa se distinguía muy bien, no sólo por estar situada en un pequeño promontorio del terreno, sino por tener a su lado un ciprés alto y afilado que, en la distancia, destacaba. Al decir de unos era aquel árbol un símbolo antiguo y noble de hospitalidad; al decir de otros, un aviso del poder que, sobresaliendo de la vegetación autóctona en la lejanía, disuadía a extraños de acercarse.
Los descendientes del conde, además de atesorar títulos nobiliarios, reunían fincas y enclaves y parajes en un sinfín de propiedades que algunos ni siquiera conocían más que por su ubicación aproximada, y también, claro, por lo que les rentaban al final de cada cosecha cuando los encargados y arrendatarios les rendían cuentas. Y, casi todos, lo único que reconocían de sus tierras era la parte que les ojeaban cuando iban de cacería con sus amistades y ocupaban las distintas casas, auténticos palacetes muchas de ellas, que el servicio, por entonces abundante, les tenía limpias y preparadas para la ocasión.

Pasaron los años. Hice amistad con Rafa. Él, aunque pocos años mayor que yo y casado, inmediatamente congenió conmigo y, a ambos, nos unió de inmediato nuestra pasión por la caza y la similitud de nuestros criterios y fuerzas en el ejercicio de la misma. Cazamos juntos en algunos parajes de la sierra y, visto nuestro entendimiento, al llegar las primeras Navidades, Rafa me dijo:
-        ¿Dónde vas a cazar estos días?
-        En lo libre.
-        Si quieres, puedes venirte conmigo a lo de la marquesa.
Aquello de lo de la marquesa, de inmediato, me recordó al Colás. Pero nada dije y quedé con Rafa en la capital para ir de caza donde quiera que fuera y, por supuesto, si era a un coto, mejor.
El primer día que quedamos fuimos a recoger a su perro, el Tom, a una casa abandonada que en el centro tenía la familia de Rafa, medio apalabrada para su venta. Ocasionalmente, y puesto que sin duda sería derruida, mi amigo la utilizaba de perrera.
Acomodado el perro en el maletero de su coche, Rafa, sin mediar palabra, enfiló hacia los Cuatro Caminos y luego hacia el Sotillo.
-        ¿Dónde vamos?
-        Ya lo verás.
Cuando se desvió de la carretera, tomando la galiana a la derecha, me inquieté.
-        ¿Seguro que te han invitado a cazar por aquí?
-        Tú qué sabes la confianza que tengo yo con la marquesa. Pero, no te impacientes, que aún nos falta un buen trecho.
Yo veía pasar los cuarteles del monte y notaba que por aquellos caminos mi amigo se desenvolvía con soltura. Poco a poco me fui relajando y me dije: mira por donde voy a terminar catando los terrenos más apreciados del Colás.
En un paraje perdido, en lo más intrincado del monte, Rafa detuvo el coche, salió, soltó al Tom y se equipó de chaleco, canana y escopeta con la mayor indiferencia y soltura del mundo y yo, viéndole, hice lo propio. Al parecer habíamos llegado.
Aquel día estaba grisáceo de neblina y la visibilidad no era nada buena pero, según mi amigo, no había cuidado con eso por aquellos parajes, porque la marquesa no invitaba a nadie en aquellas fechas hogareñas, salvo a su distinguida persona.
Apenas nos internamos en la primera vaguada suave, la caza comenzó a salir como surgiendo de la tierra. Liebres, conejos y perdices hacían de nuestro avance un paseo triunfal con presas frecuentes. Pasado el medio día lo dejamos, regresando a casa con ocho piezas cada uno.
Los cuatro días siguientes repetimos, con más o menos la misma suerte, en similares parajes al primero. La climatología permaneció igual y nosotros, cada vez más relajados y ya acostumbrados a aquella abundancia, tirábamos cada vez mejor, pues el asunto no nos parecía flor de un día que hubiéramos de aprovechar con el ansia con que uno se agarra a la fortuna pasajera.
Fue el sexto día cuando se presentó el anticiclón de invierno, levantaron las brumas y, desvanecido el manto protector y muelle de las nieblas, lució un sol que permitía divisar grandes distancias en la atmósfera luminosa y diáfana.
Rafa iba a media ladera y yo en la parte alta, cuando vi venir, a menos de quinientos metros, a un guarda jurado con su ancha banda de cuero, con su plancha ovalada y brillante, su traje verdoso de pana, su sombrero con cinta verde y su tercerola, a nuestro encuentro. Ni me molesté ni me alarmé por su presencia. Así que nos juntamos el guarda y yo porque, obviamente, a mí venía.
-        ¿Qué hacen ustedes aquí?
-        Estamos invitados. Mi amigo tiene amistad con la marquesa. Él le dará razón.
Como viera en la cara del guarda la extrañeza, grité a Rafa para que subiera. Éste subió enseguida y, al toparse con el guarda, sacó el paquete de tabaco, le ofreció un cigarrillo y le dijo, como si le conociera de toda la vida:
-        ¿Qué pasa, Pedrolas, cómo te va, hombre?
-        Pero, ¿quién es usted?
-        Pero, hombre, no me jodas, ¿ya no te acuerdas de mí?
-        Pues, no.
-        ¿No recuerdas, hace un par de años, que estuvimos por aquí el capitán Porras, el brigada Casimiro, el teniente Ponce de la Guardia Civil y yo mismo, matando unos conejos?
-        Sí. Ahora que lo dice, ya caigo.
-        Pues nada, que, como nos dijeron ustedes: ya saben donde tienen el coto, vengan ustedes por aquí cuando quieran. Pues, casualmente, venía hoy de Madrid con este amigo y me he dicho: vamos a matar un par de conejos, que conozco un sitio de confianza.
-        Hombre, pero debieran ustedes haber avisado. Además, los conejos están en aquella mancha y veo que llevan ustedes una buena percha de perdices.
-        Pues es verdad, pero ya sabes lo que pasa, Pedrolas. Que nos han salido las perdices y no hemos podido resistirnos. Teníamos verdadera ansia por tirar un tiro.
-        Un tiro dice –dijo el guarda mirando las perchas-. Además estos días de niebla he oído también tiros y estoy amoscado porque luego los hijos de la marquesa me culpan a mí de que escaseen las perdices.
-        ¿Cómo? Pero, ¿qué me dices, Pedrolas? ¿Es posible que ni estos cotos de toda la vida respeten ya los furtivos? Pero, ¿cómo no nos ha avisado? Hubiera venido de inmediato una pareja.
-        Bueno, mire, sea como sea. Vuélvanse ustedes a la mancha aquella y déjenme quietas las perdices. Maten un conejo o dos y déjenlo, por favor.
-        Pero, hombre, no faltaba más. Ahora mismo nos volvemos. Es más, en cuanto matemos un par de conejos nos vamos. Lo último que quisiéramos sería comprometerte. Dale recuerdos a la señora marquesa y la próxima vez avisaremos que, lo reconozco, ha sido un abuso de confianza por nuestra parte. Discúlpanos, Pedrolas. No volverá a ocurrir.
-        Bueno, pero vuelvan ustedes a la mancha y déjenlo pronto. Háganme el favor.
-        Ahora mismo, Pedrolas. No faltaba más. Venga, hasta otra. Y a seguir bien.
Mi amigo dio la vuelta y, mientras yo me hacía cruces, él bajaba tan resuelto la ladera, como si tal cosa. Yo le seguía callado, avergonzado y con un miedo pesado y denso que me había sobrevenido de repente. No podía creerlo. Pero estaba pasando.
Cuando llegamos al fondo del barranco, aún no me atrevía a hablar, por no delatarnos, si mis palabras, por el eco, llegaban a oídos del guarda. Éste, que se había alejado siguiendo la mano de perdices que llevábamos, las voló doscientos metros más adelante. Una viró hacia atrás y vino derecha hacia nosotros. Yo, respetuosamente anonadado por la conversación que acababa de escuchar, miré la trayectoria que traía sin intención siquiera de moverme y, mientras la miraba, sonó a mi lado un escopetazo, la perdiz se hizo un ovillo en el aire y cayó como un taco a pocos metros de nosotros.
-        ¡Bah, total, por una más! – dijo Rafa.
De inmediato comprendí que se tarda en conocer a las personas y que yo aquella mañana, en un momento, había profundizado más en el conocimiento de mi amigo de lo que otras personas pudieran haberlo hecho en años.
De vuelta a la ciudad, al llegar a la casa ruinosa a dejar al perro, un viejo, antiguo vecino, saludó a Rafa.
-        ¡Andá, Rafa, tú por aquí!
-        ¿Qué pasa, Florencio, qué te cuentas?
-        ¡Cómo me acuerdo de ti, Rafa! ¡Hay que joderse lo malo que eras de pequeño! Que tu padre, el brigada, pa dominarte, tenía que amenazarte con el astil de un pico.
-        ¡Vete a tomar por culo, gilipollas!