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martes, 6 de marzo de 2012

I- La Dádiva, 12 de octubre de 1979


Cuando aquella mañana llegó a la finca La Dádiva, la alambrada que rodea el caserío estaba abierta y, dentro, la camioneta, una moderna pick-up del encargado, estaba aparcada frente a una de las dos naves, junto a un Land Rover en buen uso.
Había tractores, piezas, maquinaria agrícola vieja y aperos esparcidos tras las naves. La casa antigua estaba ya en ruinas con el tejado parcialmente caído y con una de las paredes laterales derrumbada. De modo que parecía una casa de muñecas infantil, pero a escala natural, porque dentro se veían los muebles y los viejos enseres, en los distintos pisos, aún milagrosamente suspendidos, en equilibrio, entre los armazones y las vigas.
Junto a la alambrada que rodea el caserío hay un teso pequeño y picudo. A él se subió para tener una visión mejor de la finca. Las grandes explanadas de labor se extendían onduladas hacia el norte. A lo lejos la tierra se elevaba de nuevo e impedía ver los confines de la finca, más allá de lo de Valdelhombre. A la izquierda estaban las terreras que la hacían limitar, brusca y abruptamente por el desnivel, con el río. Había también olivares a la derecha. Un barranco pequeño con un arroyo era sobrevolado, casi literalmente, por una autopista de peaje. Pensó, al ver esto último, que don Manuel, el notario, jamás habría consentido que aquella autopista hubiera cruzado su finca, si hubiera vivido para verlo. Pero quizás ni el mismo don Manuel hubiera podido impedir aquella obra, pues los tiempos habían cambiado el reparto de poderes y, algunos, habían ido a parar a quienes jamás los detentaron por aquello de la democracia.
En cualquier caso, el que observaba la finca desde aquel oterillo no estaba muy seguro. A don Manuel, sus propios hijos le llamaban don Manuel. Y, cuando don Manuel les llamaba, más les valía acudir en el acto y dejar familia y trabajo, por muy ingenieros que fueran y por estado de casados que tuvieran y por padres y señores que se sintieran y por muchos años que tuvieran cumplidos y por más canas que peinaran. Aquellos hombres respetados y reverenciados en sus empresas y agasajados en los bancos en cuanto se detectaban su presencia temblaban ante el viejo. Don Manuel no admitía dilaciones y sus hijos habían sido educados en una obediencia militar a su persona.

Inmóvil en el pequeño otero, se fue treinta años atrás. Recordó la primera vez que fue a la finca. Fue con Gaudeano, un hijo de don Manuel. Casualmente un amigo común se lo había presentado unos meses antes de aquel doce de octubre.
Gaudeano estaba pescando y los otros dos le observaban.
-        ¿Te gusta la pesca? –dijo Gaudeano.
-        No, me aburre. En cambio la caza me encanta.
-        ¿Conoces la finca La Dádiva?
-        Pues no.
-        Entonces te invito al desvede –dijo Gaudeano de sopetón.
El que acababa de ser invitado ni conocía la finca ni había oído hablar de ella. Por otro lado esas invitaciones de caza no las tenía por fiables, pues la experiencia le decía que las más de ellas solían olvidarse tras el generoso arranque inicial. Sin embargo, antes de separarse y después de tomar unas cañas al caer de la tarde, Gaudeano le dio una tarjeta y le ratificó amablemente que un par de días antes del desvede le llamase por teléfono para concretar.
Por la tarjeta supo que Gaudeano era ingeniero y que su empresa era muy conocida en la zona. Así quedaron las cosas.
Llegadas las fechas titubeó pero, al final, llamó a Gaudeano. Y, como si se hubieran tratado toda la vida, éste le dijo que el día doce a las ocho de la mañana le esperara junto a la iglesia de San Gregorio, donde oirían misa antes de salir hacia la finca.
La hora, el lugar y el propósito le dejaron desconcertado. La cita a las ocho no le pareció oportuna pues a esa hora ya solía estar él en el campo todos los días de caza, cuánto más tratándose del día del desvede; pero ya, quedar en una iglesia, para oír misa, él que ni siquiera era practicante, le terminó de fastidiar del todo. Y pensó que sitios tenía donde ir de caza sin necesidad de tanto misterio, tanto retraso y tanta misa. Así que malhumorado, pero con toda la educación y prudencia que pudo reunir, no le puso pegas a Gaudeano y se dijo que, a una mala, con no volver a quedar valía. Pero, sin embargo, era un día de desvede y no se las prometía nada felices con aquellos preámbulos.
Iba a entrar a San Gregorio, cuando Gaudeano, que bajó de un elegante coche, le llamó la atención. Se saludaron y, mientras lo hacían, otro suntuoso Mercedes paró al lado.
-        Mira, éstos son: mi hermano Laureano, su amigo Julián Bracamonte y su socio Licinio Gándara.
Tras los saludos de cortesía entraron en la iglesia, muy poco concurrida un domingo a aquellas horas, y escucharon misa. Tal vez ellos con verdadera devoción pero, el invitado, con un gran esfuerzo, pues se imaginaba ya por el campo con las perdices delante y quizás alguna ya colgada.
En el transcurso de la ceremonia creyó oír, aunque seguro que eran imaginaciones suyas, tiros desde la misma iglesia. Sabía que era imposible, pues estaba ubicada en el centro de la ciudad, pero eso daba idea de dónde andaba su cabeza. Interiormente le metía prisa al cura pero le parecía que éste, adrede y fastidiado por su premura, dilataba la ceremonia todo lo que podía, enlentecía sus alocuciones a los fieles y, cuanto más deprisa él contestaba a las frases del ritual, más tiempo se daba el campanudo sacerdote en replicar, haciéndosele eterno al invitado ese intercambio de alocuciones que se hace en las misas. Hoy no recuerda si llegó a comerse las uñas total o parcialmente.
Cuando salieron de la iglesia, Gaudeano le pidió que dejara su coche y fuera con él, pues no conocía el camino a la finca.
Tras un trayecto no muy largo en el que el invitado no hacía más que mirar el reloj y calibrar la claridad del día, que se le antojaba ya muy avanzado, y pensar en la cantidad de tiempo que llevaban de atraso o perdido, que para el caso era lo mismo, observó, totalmente consternado, que Gaudeano dejó la carretera y se metió en el aparcamiento de un bar. El coche de su hermano, con sus amigos, estacionó junto al suyo.
-        Bueno, pues ahora vamos a desayunar como está mandado –dijo jovialmente Gaudeano.
-        ¿No se nos va a hacer un poco tarde? –dijo, llevado por los nervios y totalmente desasosegado.
-        Hay mucho día por delante y la finca no se va a mover de su sitio.
-        Hombre lo digo porque son ya casi las nueve y media y…
Pero ninguno de los otros cuatro dio por oído el comentario. Tomaron todos café con leche y bollería o churros pausadamente, charlaron de fincas, de cacerías, de ojeos y contaron unas cuantas anécdotas y se rieron porque el invitado sólo había cazado en lo libre como, ingenuamente, confesó. Pese a su impaciencia, se dio cuenta de que aquella gente carecía de su acuciante ansia por verse en el campo y que, al parecer, habían tenido la caza a su alcance durante toda su vida. Pese a su desasosiego, tuvo que esperar también, con la paciencia carcomida, a que se tomaran tranquilamente una copita, como remate del tanquilo desayuno, a fuerza de chascarrillos y más conversación.
Eran más de las diez cuando salieron definitivamente hacia la finca. Tras un vericueto de caminos, Gaudeano le dijo que la finca empezaba a partir de un olivar cercano, que ya tenían a la vista.
Enmudeció el invitado cuando, apenas iniciado el paso por entre los olivos, comenzó a moverse una marejadilla de perdices, con sus cabecitas altas y su elegante y rápido apeonar. Se le salían los ojos de las órbitas. Gaudeano, que lo noto, dijo:
-        Tranquilo, hombre, que ésta es la linde de la finca.
-        ¿Quieres decir que son más abundantes en el centro?
-        Pues claro, hombre. Este olivar ni lo tocamos. Echaríamos la perdices al coto de al lado.
Al invitado le pareció que tardaron una enormidad en colocarse las cananas, en ponerse los chalecos, en preparar las mochilas, en armar las escopetas, en preparar los cartuchos…
Comprendió que no estaba en su mundo. Se dio cuenta de que eran gente muy sibarita, que llevaban cajas de diez cartuchos de marcas que él desconocía, que usaban escopetas inglesas Purdey, que todos llevaban un par de juegos de cañones y que comentaban los gramajes y el tipo de carga de la munición con palabras de verdaderos expertos… pero él no hacía caso y ya no podía poner atención a nada porque, como un perro, estaba loco, desatalentado por salir.

II- La Dádiva. De invitado a advenedizo


Gaudeano era un hombre bueno. Pertenecía al tipo de hombre bueno del que sus allegados apostillan: “Es bueno, pero no tonto”. Y lo decían para que le quedara claro al que escuchara que allí andaban ellos, al acecho, para impedirle al aludido precisamente eso: ser bueno.
El invitado nunca supo por qué le cayó bien a Gaudeano. El caso fue que le volvió a invitar a la finca de La Dádiva en numerosas ocasiones. ¿Le sentiría más próximo, en asuntos de caza, que a su hermano Laureano y a sus socios? ¿Le gustaría verle satisfacer una afición tan alocada? ¿Le llevaría su acendrada religiosidad a poner a un joven escopetero sin recursos en su coto?... El invitado no hubiera sabido explicarlo.
Aquello había traspasado los límites de un compromiso casual para convertirse en una costumbre. El invitado pasó a ser habitual en aquella cuadrilla que, con su presencia, se hizo un quinteto.
El programa siempre era similar. Sólo se cazaba las mañanas de los domingos. Una vez santificado el día del Señor con la misa de ocho, confortados los estómagos con el desayuno y templados los ánimos con la copita matinal, enfilaban por fin hacia la finca. La caza no comenzaba antes de las diez y terminaba no después de las dos. Unas rondas de cañas, con los comentarios de las incidencias del día, clausuraban siempre la jornada. Todo trascurría con un protocolo cómodo y calmado pero con exactitud casi militar.
Había veces, no muchas, que no venían Laureano y sus socios y, esos domingos, le parecía al invitado que Gaudeano tenía con él más simpatía y un trato mucho más sencillo y cercano que cuando acudía el resto de la mano. También, algunas veces, Gaudeano se encontraba con algún conocido en el bar donde desayunaban. Era, de ordinario, algún hombre mayor de los que cazaban en lo libre. Gaudeano, sin más, invitaba ese día rumbosamente al viejo a cazar con ellos dos. Recordaba el invitado la cara que se les ponía a aquellos hombres que, por la edad, conocían de sobra la finca y el buen rato de caza que les esperaba. Lo dicho: Gaudeano era un hombre bueno. Por sus hechos los conoceréis. Se ha dicho siempre.
El invitado, ya un habitual, se seguía sintiendo invitado pese a todo porque, en el fondo, aquella gente no le consideraba de los suyos y él tenía la total seguridad de no llegar a serlo nunca y, curiosamente, la de no desearlo. Por un lado, era muy remota la posibilidad de que llegara a ser alguna vez lo suficientemente rico y, por otro, era más remota aún la de que, aún siéndolo, quisiera convertirse en lo que ellos a él le parecían. Incluso a la riqueza y a la posición, si alguna vez llegase, el invitado sería, siempre y visceralmente, un advenedizo. Improntas que se llevan con uno, como la nariz que te toca o las orejas.
Acostumbrado a cazar en lo libre, aquella finca era un paraíso de la caza, un regalo divino de la diosa Diana Cazadora. Y ya no le importaba tener que ir a misa, ni esperar a la conclusión del desayuno, ni sonreír tomando la copita con fingida parsimonia, ni seguirles sus conversaciones de altura a Laureano, Licinio y Julián, ni condescender con sumisa mansedumbre a lo que soltaran por sus bocas. Nada le importaba estarse doctorando en aquella adulación jabonosa y, lo que es más, habría hecho hasta un triduo, una novena o una peregrinación a Fátima, Lourdes, Roma o Tierra Santa, si al religioso de Gaudeano se le hubiera puesto por montera que le sirviera en ella de ayudante. Se prometió a sí mismo avenirse a todo, con tal de seguir cazando en aquel auténtico coto de ministros. A tal punto llegó, de perder la vergüenza, con tal de cazar en la bendita finca. Hay que ver lo que arrastran las pasiones.
Y aquella pasión ciega no les pasó desapercibida a Laureano y a sus socios y, como eran hombres experimentados en aprovechar las debilidades de los otros, obsequiaban al advenedizo con las manos más duras que, a la par, solían ser las que se prestaban más a ojear la caza que a tirarla, de modo que fueran ellos quienes abatieran las perdices que aquél levantara.
El advenedizo, invitado siempre por Gaudeano y consciente de su condición de tal ante los otros, se aprovechaba también de la condición que ellos tenían desde la misma cuna, de la de señoritos, la de cazadores cómodos, la de ser casi cazadores de caminos. Y consciente de sus intenciones, al darle las peores manos de continuo, procuraba desempeñar lo mejor posible su misión y, enseguida, desarrolló una gran habilidad en ello. De ese modo, a los otros miembros de la mano, solían bajarles chorreadas gran cantidad de perdices a tiro de sus pulidas escopetas inglesas y así, bajo su criterio de dueños y señores, rentabilizaban la asistencia de aquel advenedizo, flor de terreno libre, a sus aristocráticas manos de perdiz en La Dádiva. Cosas de señoritos, acostumbrados a sacar de todo provecho.

III- La Dádiva. Recogiendo las migajas


A la tarde, apenas llegó a la finca de La Dádiva, León, el mastín, salió a su encuentro ladrando amenazador. Sólo cuando estuvo a cuatro o cinco metros le identificó, cesó de ladrarle y caminando hacia él, confiado ya, movió amistosamente la cola. Acarició al perro, igual que le había acariciado por la mañana, y éste se pegó a él y le siguió por entre las naves y la casa de la finca.
Al parecer no había nadie. Así que, sin más, se adentró en los terrenos del coto siguiendo los pasos que la mano de cazadores había dado por la mañana, hacía sólo unas horas. Naturalmente iba sin escopeta pero confiado en encontrar alguna de las piezas que los cazadores ni se habían molestado en buscar.
Sabía que, pasado el tiempo, iba a ser difícil, pero le dolía que aquella caza se quedase en el campo sólo por desidia. En cuanto se alejó trescientos o cuatrocientos metros de las naves comenzó a ver algún bando de perdices apeonar presuroso, trasponiendo a la vista, evitando así el arrancarse a volar.
La primera había sido una perdiz que entre la mano salió hacia atrás. Laureano, que iba por el alto de una teso de esparceta, se giró y se encaró la escopeta. A él le pareció que tardaba demasiado en disparar. Cuando lo hizo, la perdiz hizo ese movimiento casi imperceptible, como un ligero encogimiento, que a él le era tan familiar. Laureano la miró dos segundos pero, viendo que volaba con fuerza, volvió la vista al frente. Sin embargo él siguió mirando. Como a quinientos metros hizo la torre. Le avisó a Laureano pero éste dijo que siguiera la mano, que por una perdiz no se paraba. Tomó dos referencias, como hacía siempre, y continuó.
Le extrañó también que fueran tan pendientes de las perdices que no vieran las cinco liebres que les salieron o que, si las habían visto, no les tirasen.
Las otras tres eran perdices que cayeron, dos de ellas desaladas y otra en un barranco profundo junto a una terrera con el fondo lleno de maleza. En su mapa mental llevaba anotado cada sitio. Sabía que iba a ser difícil, sobre todo con las dos de ala, pero tal vez la del barranco pudiera cobrarla si había caído muerta. No había contado con la ayuda inesperada del mastín que, aunque no les había acompañado en la caza, ahora sí le acompañaba a él en la búsqueda. Y al fin y al cabo, aunque no fuera cazador, era un perro.
Recordó cómo al llegar a los confines de la finca, donde ya lindaba con el término de Santa Colomba, pararon a echar un cigarro y a tomar un trago de la bota. Les dijo que se había quedado con los puntos de donde hizo la torre la perdiz y también de donde habían caído las otras dos de ala. Ellos se sonrieron y le dijeron que no se preocupase por tal cosa. También les preguntó que por qué no llevaban perro y ellos dijeron que un perro era un incordio, que había que atenderle y darle de comer, enseñarle, controlarle para que no se adelantara y que, en aquella finca, no era necesario un perro para matar en un rato media docena de perdices. Al preguntarles por las liebres, se rieron y le dijeron, sin ningún empacho, que no les habían tirado por no cargar con ellas.
Según estaban hablando, tras un gran espino al pie de una ladera, se oyeron dos tiros cercanos y tres perdices bajaron de pico y casi a plomo desde lo alto. Julián Bracamonte le quitó el seguro a la escopeta y, con una habilidad sorprendente para el invitado, dejó dos de las tres perdices muertas en el aire las cuales, por la inercia, cayeron a más de ochenta metros de donde estaban. Licinio no disparó a la tercera de frente, la dejó pasar tranquilamente y la abatió cuando se alejaba. Gaudeano y su hermano ni siquiera hicieron intención de disparar y felicitaron a los otros dos según iban a cobrarlas. El invitado se quedó con la boca abierta pues hubiera apostado que se tragaban las perdices. Al ver la desenvoltura de Julián y Licinio con los pájaros de pico, se dio cuenta de que aquella gente eran cazadores acostumbrados a tirar en ojeo.
Hicieron recuento. Entre los cinco llevaban veintinueve perdices y dos liebres que había matado, estas últimas, el invitado, claro.
Pensaba que aquel día iba a ser memorable pero se quedó de piedra cuando dijeron que volverían a la casa por derecho y que por ese día ya estaba bien. Luego cuando les vio buscar el camino de tierra y emprender la vuelta juntos, de conversación, con las escopetas al hombro, se quedó de una pieza. Apenas habían cazado tres horas. Ni siquiera iban a volver atravesando los barbechos donde las perdices, voladas de los altos, se habían echado y estaban amagadas entre los terrones.
No era la una y media y ya estaban tomando cañas en el mismo bar donde desayunaron.
Así que aquella tarde el invitado, que no había parado de recordar las piezas no cobradas, apenas comió, cogió su cochecillo y se volvió a la finca de La Dádiva y se puso a buscar las cuatro perdices que se habían dejado.
Encontrar la que hizo la torre fue coser y cantar. Tomadas las referencias la encontró enseguida, si bien un poco más cerca de lo que él esperaba. Sabía que las perdices que hacen la torre se quedan donde cayeron pues, tras ascender verticalmente de modo sorprendente para el profano, se quedan muertas en el aire. Dejó que el perro la cogiera y luego le acarició y le sopló en la nariz para que se la soltara en la mano.
Para bajar a por la que cayó en el barranco se lo pensó un rato porque le parecía que, si no la encontraba, iba a ser un gran esfuerzo el bajar y más el subir por aquella inclinación tan pronunciada. Finalmente bajó. El mastín esperó arriba pues, por su peso, le asustó la pendiente del abrupto barranco. Afortunadamente el fondo, aunque tapado por juncos y ramas, era un lecho de arena seca. Allí, en lo más profundo, estaba tiesa la perdiz.
Andaba buscando una de las de ala cuando un tractor, atravesando por la finca, vino hacia él. Era Luis, el encargado, que antes de salir esa mañana les había saludado en la casa. Al reconocerle le preguntó sorprendido qué estaba haciendo. Se lo explicó. El encargado le dijo que no le extrañaba, que los dueños y sus amistades eran gente que no apreciaba lo que tenían porque lo habían tenido desde siempre y eso había sido así, en aquella familia, desde generaciones.
Notó, por su amplia sonrisa mientras le explicaba, que al encargado le había caído bien. No encontró las de ala pero al menos se repartió, a medias, las cuatro piezas con el campo.

IV- La Dádiva. Morir de éxito


No era un experto en relaciones públicas pero, aún no siéndolo, cada vez le quedó más claro que, si no hubiera sido por Gaudeano, aquellos otros tres jamás le habrían invitado y, menos todavía, permitido que se codeara con ellos. Así que no era de Gaudeano de quien tenía que ganarse los favores sino de Laureano y los otros. Dicho de otro modo, tenía que halagar a quienes no le querían, en lugar de, como sería lógico, corresponder a su benefactor. Y, dándose cuenta de la contradicción, volvió a su cabeza aquel viejo refrán, casi tan viejo como la lengua castellana: “Manos besarás que quisieras ver cortadas”. Y se dio cuenta entonces de la verdad que contenía.
Viendo que, con tal de cazar en La Dádiva, tragaba con todo, le fueron convirtiendo gradualmente en el chico de los recados. Era cada vez más normal, para aquellos señores acostumbrados a dirigir empresas, que le dieran instrucciones tan específicas y directas como éstas:
-        Ya sabes, como siempre, subes arriba del todo y llevas la mano alta un poco atrasada, pero despacio, metiendo ruido y dándote a ver. No olvides el ir despacio, dándoles tiempo a las perdices a que se vayan descolgando, chorreadas, ladera abajo.
Ellos avanzaban lentamente en diagonal, repartidos a lo largo de la cuesta y colocados siguiendo la querencia de los pájaros, y esperaban a que éstos, levantados por el de los mandados, pasaran hacia abajo siguiendo la línea de sus escopetas.
Otras veces le decían:
-        Métete tú por los terrones y mira a ver si las vuelas hacia los olivos, por entre los que iremos nosotros más tapados.
Los terrones solían estar, en otoño, bastante encharcados y caminar por ellos era penoso por ir continuamente anclado al terreno, casi clavando un palmo de cada pierna en él, a cada paso que se daba. Sin embargo, las perdices, espantadas por su presencia y con poco escondite en los terrones, volaban con presteza fuera. Ellos, cubiertos entre los olivos, y sobre terreno firme, las veían metérseles encima sin tener que sudar como caballos atascándose por aquellos lodazales.
Algunas veces le mandaban subir a los cerros:
-        Nosotros nos quedaremos aquí, abiertos en abanico, como de puesto. Tú entra al cerro, tomándole el giro de lejos y dale la vuelta despacio a ver si nos las metes encima. ¡Ah, y procura dar voces y descararte mucho, no se te vuelvan hacia atrás!
Y así, sin disimulos, le mandaban ya de ojeador abiertamente y, encima, dando voces. Bien sabía las pocas oportunidades que tenía de disparar él.
Le mandaban también a rebañar las lindes:
-        Tú coge la mano de la linde, por si acaso, y procura por todos los medios que no se salgan al coto de al lado.
Aquellos “por si acaso” eran de lo más hirientes, pues significaban, ya de antemano, que no se esperaba que perdiz alguna volara hacia él.
De este modo lo tuvo siempre claro. Se había convertido en algo así como un esbirro a las órdenes de aquellos tres porque, Gaudeano, aunque era bueno, no era tonto y, en cualquier caso, allí estaban aquéllos para impedirle que lo fuera.
El advenedizo era un auxiliar, un chico para todo. Sin embargo, tanto se divertía, con tanta fuerza le tiraba aquella pasión ciega por la caza, que nada le pesaban los ninguneos y los abusos, cada vez mayores, de aquellos hacendados.
Sin embargo, como, además de la afición, en la vida cuenta mucho la práctica, a fuerza de tirar a perdices casi siempre largas, cogió práctica en ello y llegó a quedarse con perdices verdaderamente difíciles. A ello le ayudó un cambio de escopeta. No comentó el cambio, ni sus compañeros, tan pendientes como estaban de sí mismos, se percataron. Dejó su escopeta a un amigo y, ese amigo, le dejaba a él una escopeta paralela de Victor Sarasqueta padre, algo antigua y pesada, pero muy bien equilibrada, con unos cañones extra largos y el máximo de choque en ellos. Una escopeta que su amigo se compró, por el prestigio de la marca, pero que nunca le fue de utilidad por lo poco que abría en las distancias normales. A él, como enseguida tuvo ocasión de comprobar, le vino de maravilla para poder abatir alguna perdiz, en la misión que los señoritos le encomendaban cada domingo. Como lo normal era ver las perdices pero, casi siempre, fuera de tiro o al límite, aquella escopeta que plomeaba tan bien y se encaraba tan rápido le vino que ni pintada. Por añadidura comenzó a usar plomo de quinta, bastante más grueso que el habitual, de séptima, en su meta de matar perdices largas. Eso tampoco lo comentó con los señoritos pues, seguramente, les habría parecido poco deportivo y se lo habrían recriminado. Así se evitó los comentarios.
A los demás, tan encima les metía los pájaros, que llegaron a tirar con cañones cilíndricos o del mínimo choque para abatirlos con más facilidad. Él lo supo porque les gustaba alardear de sus escopetas Purdey, como ya se dijo, con dos juegos de cañones y para cuyo pedido, contaban, había que esperar más de seis meses, por ser armas hechas por manos artesanas y que ninguna de ellas era igual a otra.
Ese fue, sin embargo, el comienzo de su caída en desgracia. A aquellos tres señores, aquellos tiros impensables, aunque inicialmente alabados como excepcionales, cuando empezaron a ser frecuentes y, no digamos, cuando se hicieron habituales, les llegaron a descomponer sin que pudieran disimularlo.
Así que, como a veces se dice, se puede morir de éxito. El advenedizo comenzó a hacerlo tan bien, tirando a las perdices largas, que el trío dirigente empezó a presionar, cada vez más fuertemente a Gaudeano, para que dejara de invitarle a la finca.
Fue aquel último domingo, antes de Navidades. Tomaron las cañas de después de la caza y Laureano, Licinio y Julián se marcharon. El advenedizo y Gaudeano se quedaron tomando la espuela.
Gaudeano, tras dos temporadas cazando e invitándole, le veía tan engolosinado que le daba pena no quedar ya con él para el siguiente desvede. Por otro lado, no podía resistir por más tiempo las presiones de los otros y, fundamentalmente, las de su hermano. Por eso, ese último domingo antes de aquellas Navidades, en las que ellos ya dejaban de cazar en La Dádiva, cuando se quedaron solos, le dijo:
-        ¿Dónde vas a cazar estas fiestas?
-        Pues dónde va a ser, en lo libre, como siempre.
-        Es que la temporada que viene vamos a cazar muy poco en la finca, para que se repueble –pretextó- y seguramente no saldremos más que algún que otro domingo mi hermano Laureano y yo –mintió-, así que si te apetece venirte un par de días por la finca estas Navidades, tú solo, a pegar cuatro tiros…
El advenedizo comprendió que, al fin, las presiones de los otros tres sobre Gaudeano habían hecho mella en él. Lo entendió. Milagro había sido que aquello hubiera durado dos temporadas. Además, el buen Gaudeano, quiso darle un par de días extra y en solitario para que se despidiera de la finca. Era más de lo que había esperado y mucho más de lo que había imaginado aquel día de pesca en que se lo presentaron dos veranos atrás. Pero, claro, no podía ser. Aunque hubiera seguido yendo los jueves a cazar a lo libre como siempre, para que no se le olvidase lo que era la caza normal, había cazado como un señorito los domingos de dos temporadas. Nunca lo hubiese soñado.
El advenedizo, fingiendo que no había acusado el golpe, le agradeció sinceramente a Gaudeano el par de días extra. Y Gaudeano, dando el mal trago por pasado, le dijo que avisase a Luis, el encargado de la finca los días que fuera, para que éste no se alarmase por los tiros.
El advenedizo consideró aquellos dos días de caza en solitario como una especie de indemnización por los servicios prestados pero, sobre todo, como una despedida.

V- La Dádiva. El amanecer de la contradicción


Amanecía lentamente, como amanece siempre, sólo que, con aquel frío intenso y seco, parecía que el día estuviera aquejado de una pereza en blanco y negro, de una grisura extraña y hueca, que sólo tienen algunas mañanas especiales del invierno en la meseta. El campo, blanco como si hubiese nevado, estaba tan silencioso que parecía huérfano de cualquier atisbo de vida. El aire helado no se movía, como si pesara más que de costumbre y toda aquella atmósfera parecía nueva e irreal, igual que un regalo envuelto y aún sin estrenar. Tal vez, pensó, apenas durante un segundo, que justo la hora del amanecer fuese la más fría del día. Seguro, se dijo.
La escarcha brillaba, espesa, dura y densa, con las primeras luces, recubriéndolo todo: el suelo, las hierbas, las matas, las cortezas de los árboles, los olivos, los rastrojos, las viñas, los cardos y hasta el hielo de los charcos con una capa polvorienta, escamosa y crujiente. Ésta crepitaba bajo sus botas haciendo que, en aquel silencio, le pareciese que el sonido pudiera oírse a mil metros y que produjera un estrépito innecesario y escandaloso en aquel vacío que, más que roto, parecía profanado por sus pisadas intempestivas.
Sin embargo, embobado por el espectáculo, se quedó absorto un largo rato observando aquel panorama que se le antojaba irreal, imaginario, casi fantasmal y, sobre todo, estático y suspendido en el tiempo. No se atrevía a moverse porque le parecía que, de hacerlo, se desbarataría aquel encantamiento, aquella visión que, de tan inusual, le parecía casi sobrenatural.
Caviló en que, de no ser por su afición por la caza, se habría perdido aquel espectáculo y también tantos otros similares que en sus muchos días de madrugador de la escopeta había visto. Y fue una de las veces en que padeció lo contradictorio de aquella pasión. Aquella mañana en el paraje de Cerro Pozo, lindando con Valdelhombre, se le quedó grabada para los restos. Y, aunque se sacudió la impresión de la cabeza, siempre le quedó en ella la cuestión de por qué un hombre, capaz de apreciar aquellos sublimes espectáculos y emocionarse ante ellos, tenía, luego, sangre fría para disparar. Contradicciones. Pero, en aquella época, sólo quería cazar y esquivaba todo pensamiento que le desviase de su ardiente deseo. Sin embargo, la duda, ahí quedaba, en estado latente, como una herida sin cicatrizar, por más que quisiera ignorarla. Aunque él quisiera entonces ser ciego y sordo y, además, se empeñara en ello hasta el extremo.

Aquella noche había dormido mal. Como siempre que tenía una jornada de caza al día siguiente se la pasó calculando, sobre el terreno ya conocido, dónde estarían las perdices al amanecer, donde volarían según el día y qué ocurriría si por las causas que fueren, ese día, habían trastocado sus querencias y no las hallaba donde suponía. La maquinaria de su cabeza tenía todo previsto aunque, sobre el terreno, tenía prestancia y rapidez para cambiar de rumbo en un momento dado, si la caza lo exigía. Pasó la noche imaginando. Y, como siempre, lo último que imaginó fue cuáles serían y dónde estarían, en ese momento, los animales que, por su causa, habrían de estar muertos al día siguiente, apenas unas horas después. También se preguntaba en base a qué los hombres nos habíamos adjudicado jurisdicción sobre todos los seres vivos de la tierra. Pero, nuevamente, como esos pensamientos estorbaban su loca pasión, los desechaba. Pero ellos se quedaban allí, como garrapatas, agarrados a su conciencia.
El día de antes había avisado a Luis, el encargado de La Dádiva. Tal como Gaudeano le había dicho, para que no se alarmase si oía tiros.
Había dejado el coche a tres kilómetros, mucho antes de que amaneciera, porque no quería que nadie estuviera esperándole cuando volviera a él.
Conociendo el terreno palmo a palmo, se había adentrado en el coto hasta la linde más lejana al caserío, desde donde los tiros apenas se sentirían.
Sólo llevó un macuto del ejército con dos litros de agua, la canana de treinta tiros y una reserva de otros cincuenta, porque nunca estaba de más que sobraran cartuchos. Había decidido despedirse de aquella finca en condiciones.

VI- La Dádiva. La primera despedida


Pese a lo avanzado de la temporada, sabía que en La Dádiva, él sólo, sorprendería a las perdices cuantas veces quisiera. No en vano había pasado dos temporadas cazando en aquel terreno. Ese día, por fin, lo iba a hacer sin que le mandaran, yendo por derecho y sin tasa en las horas que quisiera emplear. Todo lo tenía a su favor y la finca, aparentemente, entera para él.
Aquel día dejó la vieja y pesada Sarasqueta larga de su amigo y también los cartuchos con plomo de quinta. No iba a necesitar tiros largos porque ese día no llevaría la peor mano. Es más, estaba convencido de que bastaría con séptima y con el primer cañón de choque medio de su escopeta de siempre para abatir la mayor parte de las piezas.
Y contó con que, acostumbrado a la dificultad de aquellos tiros largos en los que se había especializado contra su voluntad, las perdices sorprendidas a menos de veinte o veinticinco metros, en las asomadas, iban a ser para él carne de cañón. Eso sin contar el hecho de caminar silenciosamente y a contra mano por aquellos tesos de esparceta, tan querenciosos para los pájaros, que bordeaban las siembras o que se elevaban en mitad de ellas.
Para ello se encaminó, aún sin luz, a la linde más alejada de la finca, la de Santa Colomba. Iba a cazar las perdices en sentido contrario a como lo hacían en aquellas manos dominicales a las que los animales estaban ya tan acostumbrados. El empezar a cazar por aquel lado, y entrar a las perdices por donde no esperaban, le daría toda la ventaja de la sorpresa y, por otro lado, la gran distancia a la casa de la finca apenas haría audibles los muchos tiros que pensaba disparar.
Todo salió según lo planeó. Apenas clareaba cuando entró en los cazaderos. En cuanto se metió entre las atochas empezaron a botar perdices. El ansia y la práctica en los tiros largos casi le impelieron a empezar a disparar sin medir la distancia, pero su razón le contuvo: había que asegurar y hacer el menor ruido posible. Aquel día no había razón para los tiros largos ni le convenía precipitarse porque nadie le daría la hora. Los disparos, desde esa contención, iban siendo certeros por lo general y rara vez tenía que doblar con el segundo, como no fuera para tirar a otro pájaro, una vez caído el primero. El macuto comenzó a pesar a las once de la mañana.
Al borde de un sembrado, donde terminaba la ladera por la parte baja, se paró junto a un majano para acomodarse el macuto y reponer cartuchos en la canana. Al desprenderse del morralón, la liebre, inoportuna como siempre, saltó junto a sus pies. Rápidamente le dio tiempo a armarse y también a pensar lo improcedente que sería ahora cargar con una orejuda, así que, titubeando un par de segundos, la dejó correr pero, antes de que terminara de dejarse guiar por su pensamiento, el dedo le traicionó y ya había disparado. Se conoce que, por las dudas, marró el primer tiro pero, encelado por el fallo, soltó el segundo y el liebrasco quedó pataleando a más de cuarenta metros, casi llegando al camino que subía a la linde y que hubiera utilizado como perdedero.
Fue a por la liebre con paso cansino y, mientras la traía, la sopesó con el brazo y la dejó en el suelo con desgana, junto al morral. No tuvo más remedio que organizar la carga. Para quitarse peso se bebió de un trago el agua que quedaba.  El rellenar de cartuchos la canana le aligeró también un poco la espalda. Eran trece perdices, que contó revolviéndolas sin sacarlas del macuto, y, ahora, había que añadir la hermosa rabona.
Pensando que fue un error el haberla tirado, iba a incorporarse y meter la liebre en el morral cuando vio venir al forestal. ¡Maldita sea!, fue lo primero que se le ocurrió. Era Faustino, lo conocía. Bajaba descarado ladera abajo. Seguramente vendría a ver quién era y a echar un cigarro. Sin embargo, maldita la gracia que le hizo que el de verde apareciera. Lo que menos necesitaba eran testigos de la quita que le estaba haciendo a aquella linde.
-        Creía que se te escapaba, ¿es que no la has visto? –dijo desde lejos por saludo.
-        Pues casi se me va, porque estaba metiendo la zamarra en el macuto y me ha pillado despistado –dijo, muy ocurrente, para justificar el volumen de la mochila.
-        Pues aun se han oído tiros esta mañana.
-        Creo que alguien está cazando en lo de Santa Colomba –mintió- han volado perdices a este lado y ahora iba a ir tras de ellas. He llegado hace un poco –siguió mintiendo-. Por cierto, si quieres, quédate la liebre que prefiero ir ligero a las perdices y, además, no será difícil que me salte otra por estos andurriales.
-        ¡Coño!, gracias, hombre. No viene mal –dijo Faustino, con entusiasmo agradecido, tomando a la rabona del suelo por las patas de atrás.
-        De nada, Faustino.
-        ¿Cómo es que estás solo?
-        Ya sabes que los de La Dádiva lo dejan siempre en Navidades, pero Gaudeano me dijo que me diera una vuelta por la finca si me apetecía –disimuló-. Ya le avisé ayer al encargado.
-        ¿Echamos un cigarro?- dijo Faustino, sacando un paquete de Celtas emboquillados.
-        No, gracias. No me quiero enfriar ahora que voy caliente y me he quitado el chaquetón. Voy a seguir tras de ellas que empiezo a quedarme frío. ¡Hasta otra, Faustino! –y salió ligero, disimulando el peso, como si de veras fuera un chaquetón lo que ocultaba su mochila.
Según se alejaba, pesaba si Faustino se habría tragado lo de la mochila. Pero, como le conocía y le había visto con Gaudeano varias veces, supuso que no se haría muchas preguntas y que el regalo inesperado de la liebre también habría calmado su curiosidad. Sin embargo, sabía que no podía seguir con la ensalada de tiros que llevaba y que lo más prudente era emprender el camino de vuelta. A cada momento le parecía de peor suerte que Faustino hubiera aparecido y, encima, no se había ido de vacío. Pensó también que, dado que el forestal le observaba, hizo bien en tirar a la liebre pues, de no haberlo hecho, eso sí que le hubiera mosqueado.
Hizo el simulacro de cazar la zona que ya había cazado y, lógicamente, no tiró un tiro pues sabía que el forestal le tenía localizado y seguramente le observaba. Tampoco salieron perdices, pues bien sabía él que las había ahuecado de mañana. Pensaba que a Gaudeano no le habría importado que matara un par de ellas y alguna liebre, pero la despedida que habría fraguado no pensó que le hiciera ninguna gracia si llegaba a enterarse. Así que caminó a lo tonto, barzoneando y haciendo tiempo, y diciéndose que, por un motivo o por otro, siempre le tocaba fingir en aquella finca. Ni yendo solo se estaba librando de su sino.
Al cabo de casi una hora, y cansado de vagabundear disimulando por los cerros, tuvo que abandonar la zona. Tenía que elegir entre las terreras del río, los extensos campos de labor del centro de la finca o la linde de olivares con el coto de Terceña. Las tres posibilidades le encaminaban hacia la casa de la finca. Las terreras eran demasiado descaradas y la caza tendía a cruzar el río; por los campos de labor toparía con el encargado o con los tractoristas. Así que decidió regresar por entre los olivares de la linde. Ahora sus tiros serían cada vez más perceptibles para cualquiera que estuviera en la finca. Así que, desanimado, decidió cortar por allí para salir cuanto antes de La Dádiva y dar el día por concluido. No perseguiría a los bandos finca adentro pues no deseaba toparse con nadie y tener que dar explicaciones de la carga que llevaba. Ya había tenido bastante con Faustino.
Ciertamente vio apeonar varios bandos de perdices de los olivares a los campos de cereal y más de una vez se sintió tentado de seguir a alguno de ellos que voló a campo abierto. Sin embargo, pudo más su prudencia y se dijo: “Cuidado, que la avaricia rompe el saco”, y, por otro lado, se contentaba diciéndose:”Gaudeano dijo un par de días”. Y con esta idea caminó linde adelante, con la voluntad de resarcirse el último día que le quedaba y que, por supuesto, no pensaba desaprovechar.
Con el desánimo y la falta de aliciente que él mismo se impuso, comenzó a notar el cansancio, el peso del macuto, el sudor que se le había enfriado bajo la ropa y la desgana del que camina ya sin aliciente.
El resto de la mañana anduvo relajado, sin la tensión permanente que conviene al cazador. Para sus adentros, le pareció una ironía no conformarse con la caza que llevaba. Él, un cazador de terreno libre, qué más quería, ¿cuándo se vería en otra? Pero nada calmaba sus ansias. Se dio cuenta de que la caza, cuando es una pasión, es insaciable. Y pensó que, si todas las pasiones eran así, era difícil que el mundo tuviera arreglo. Pero, pese a sus pensamientos, no podía dominarse.
A pesar de la falta de concentración y el desinterés con que caminaba, aún se quedó con una perdiz rezagada de uno de los bandos que saltó remontando los olivos. Si bien le costó los dos tiros.
El sonido de un tractor cercano le sacó de sus pensamientos y se sobresaltó un poco. Era inevitable. Su condición, pese a estar invitado, siempre le hacía sentirse, de algún modo, furtivo. Pues ser furtivo era ser, en el fondo, engañador y él, como convidado en aquel coto, lo era en sus propósitos.
Fue entonces, casi en la linde de salida de la finca, a punto de llegar al camino que le llevaría a la ciudad, cuando saltó la liebre de entre los últimos olivos. Tardó en armarse más de lo habitual y entre el tupido olivar intentó tomarle los puntos, pero tiró mal. Se dijo que con el segundo no la marraría pero el polvo que el tiro levantó en los terrones le dejó ver como la liebre le enseñaba la cola. Incrédulo corrió tras ella mientras cargaba la escopeta con la esperanza de que la hubiera tocado con algún plomo. Al asomar al pedazo, oyó vocearle al Tinín, un tractorista de la finca:
-        ¡No corras, no!, que se ha perdido la terronera abajo con más salud que Dios talento.


VII- La Dádiva. El adiós definitivo


No cesó de recordar, a lo largo de la semana, la mala suerte que tuvo con la aparición de Faustino y con que Tinín, el tractorista, hubiera visto como se le escapaba la última liebre. Sin embargo, decidió que podría aprovechar aquellas circunstancias adversas en su favor.
Así que, poniendo la mejor cara de inocencia que pudo, se presentó en la finca a pie, fingiendo dar un paseo que casualmente terminó allí. En realidad, su objetivo era hacerse el encontradizo con Luis, el encargado, que habitualmente andaba por las naves, bien revisando tractores y maquinaria o bien disponiendo lo que los tractoristas debían hacer. Pensó que hablar con él daría más credibilidad a sus pretensiones y, por otro lado, sabía que a aquel hombre le caía bien.
-        Hombre, ¿cómo por aquí? –le dijo Luis a modo de saludo.
-        Ya sabes que me doy buenos paseos y hoy he aprovechado para venir a decirte que me pasaré, mañana o pasado si no hay problema, a tirar cuatro tiros y a ver si tengo más suerte que el otro día –y añadió-. Como Gaudeano me dijo que viniera un par de días, y el otro día casi lo eché a perros…
-        ¿Tan mal se te dio?
-        Bueno, maté una liebre y una perdiz –dijo poniendo cara de víctima del fatalismo-. Pero fallé otra liebre casi en la misma linde, ahí abajo. Así que me marché con el rabo entre las piernas.
-        Ya me dijo Tinín –sonrió el encargado- que la querías coger a la carrera.
-        Sí, no me hacía a la idea de que se me hubiera ido y corrí por si la veía hacer algún extraño. Por si la hubiera tocado con algún perdigón. Pero quia.
-        Y, qué tal por la linde de Santa Colomba.
-        Pues mal. Porque para mí que el día ese alguno se metió y removió las perdices.
-        Y, encima, la liebre que mataste se la diste al forestal, ¿no?
-        Sí, es verdad, pensé que no sería más que un estorbo para ir tras los pájaros, pero me equivoqué en mis previsiones y, al final, apenas vi volar alguna por allí.
-        Sí, ya me dijo Faustino que no tiraste un tiro. Bueno, hombre, pues date una vuelta mañana. A ver si tienes más suerte. Si oigo tiros ya sé que serás tú.
-        De acuerdo, Luis. Mañana me daré una vuelta, a ver si tiro, por lo menos, a un par de perdices –y así se despidió, cariacontecido y con un desánimo fingido.
Según se alejaba de la finca, pensaba lo bien informado que estaba el encargado y, a la vez, cómo sus fingimientos habían dado el resultado apetecido. Sin duda el forestal, en un día que no era domingo, había acudido a los disparos a falta de mejor cosa que hacer. Menos mal que cuando llegó sólo pudo ver el episodio de la liebre y su paseo por lo  ya cazado, y así se convirtió en un involuntario fedatario de su falta de fortuna. El otro testimonio, el de Tinín, también contó también a su favor. Y así comprendió, una vez más, como son más engañosas las medias verdades que las mentiras. Dentro de todo, había tenido suerte.

Lo había consultado largamente con la almohada. Era, sin duda, su último día de caza en La Dádiva. Estaba decidido a terminar sus días en la finca con un golpe de audacia.
Antes de amanecer atravesó con su pequeño coche, y por los caminos que tan bien conocía, el término de Terceña y se dirigió al punto donde confluían los tres cotos: La Dádiva, Terceña y Santa Colomba.
La linde de Santa Colomba era una llanada de cereal que limitaba con La Dádiva en el comienzo superior de la ladera que cazó el día anterior. Entre dos luces recorrió aquel llano sin tirar un tiro, pero metido unos quinientos metros en él, de modo que los bandos de perdices siguieran su querencia natural: tirarse a la ladera de La Dádiva. En su rápida internada contó tres bandos que volaron a la querenciosa ladera. Culminada con éxito su misión, sin un ruido por su parte y sin haber oído, a su vez, otros que delataran por allí presencia alguna, volvió a las tablillas de la ladera de la finca de sus sueños.
Ahora ya no importarían los disparos. Volvía a ser legal, si no por sus propósitos, sí por el espacio autorizado que pisaba. Se serenó y volvió a recorrer la parte superior de la ladera siguiendo la linde, pero ahora legalmente desde las tablillas de La Dádiva. Luego recorrió la ladera en un sentido inverso y así fue bajando en zig-zag. Las perdices no se hicieron esperar. Prestas al vuelo saltaban en casi todas las asomadas.
A las diez y media de la mañana había cobrado once. Temiendo que alguien apareciera, tuvo voluntad para no tentar más a la suerte. Regresó al coche. Escondió las perdices en un saco de plástico de los de la basura y lo escondió tras el asiento de atrás. Recargó de cartuchos la canana. Desarmó y enfundó la escopeta y se marchó de allí enseguida con su pequeño utilitario recorriendo rápidamente los caminos del término de Terceña.
Cualquiera en su caso se hubiera marchado a casa. Sin embargo, su intención era darse a ver en la nave y hacer que venía a cazar a esas horas. Y darse el gusto de, con la caza ya hecha, pasear apaciblemente por la parte más suave de la finca. Iría sin prisa, disfrutando de su último día. Sin duda redondearía la faena con alguna perdiz más y, tal vez, alguna liebre que ahora, ya sin prisa, buscaría.
Al llegar a la casa, junto a las naves, le sorprendió ver el coche de Gaudeano junto a otro, aún más lujoso. Apenas aparcó, vio salir presuroso al encargado de la nave y dentro sintió unas voces imperiosas a las que nadie contestaba.
El encargado, al verle de pasada, se dirigió inmediatamente a él.
-        ¿Has estado cazando en la ladera de Santa Colomba? –le dijo apresurado por todo saludo.
-        Sí –no se atrevió a mentir ante la excitación del otro-. He estado por allí un par de horas.
-        Pues lárgate pitando porque ha venido don Manuel, ha recorrido la finca con su todo terreno y te ha visto. Te ha estado observando con los prismáticos. Pensando que eras un furtivo ha llamado a Gaudeano y le está montando un cirio de cuidado. Quiere llamar a la Guardia Civil. Dice que has hecho una sarracina de perdices.
-        Pero si me invitó Gaudeano.
-        Para el viejo no valen más invitaciones que las suyas. Y sus tierras son sagradas. Anda márchate pitando. Más vale que no te vea. Está empeñado en denunciarte. A Gaudeano le está llamando de todo, desde blando hasta gilipollas. ¡Vete zumbando, que ya estás tardando! ¿Quién esperaba que este hombre se presentara por aquí? A ver si entre su hijo y yo le calmamos.
El invitado no esperaba tal despedida de la finca. Y, aunque no había visto nunca a don Manuel, se dijo que no era el momento para presentaciones. Por las voces que le daba a su hijo parecía capaz de cualquier cosa.
Y así salió de la finca como no pensaba. Estaba visto que, en la caza, cualquier plan bien hilvanado se trastoca.